domingo, 28 de septiembre de 2008

barcelona / madrid

Vaya por delante que no conozco bien Barcelona; he estado de paseante y turista un par de veces, en la distancia mantengo un interés evidente por su arquitectura, y reconozco en ella un cierto halo, no se si "europeo" como tanto parece gustar, pero sí distinto: yo diría que tiene más que ver con el mar y la luz del mediterráneo, encuentro más similitudes con Valencia o Marsella que digamos con París o Viena, pero bueno. Lo que si creo, y por eso se presenta aquí el artículo de Andrés Ibañez en el ABC de las artes de este pasado sábado, es que, aunque parezca increible, hay que reivindicar Madrid. No, no tengo, aunque seguro que alguno lo piensa, ninguna veleidad castellana, centralista o lo que quieras, sino simplemente veo que Madrid es una ciudad abierta, la más abierta que conozco, donde nadie se siente de fuera, donde a nadie se le piden credenciales de ningún tipo para estar en ella, y donde el cosmopolitismo es más evidente. Que tiene defectos, evidente. Y muchos, Pero estoy un tanto harto de las necedades que vierte la gente y de las críticas hacia una ciudad en la que, a pesar de todo, se crea mucho más de lo que se destruye. José Vela

Madrid

Firmas Por Andrés Ibáñez.

27 de septiembre de 2008 - número: 869

Durante un fin de semana pasado en Barcelona, uno participa en diversas reuniones y conversaciones informales. Y escucha cosas como que Barcelona es una ciudad ya totalmente moderna y «europea», mientras que Madrid sigue siendo muy «española», por lo cual debemos entender «sucia y casposa». Que en los bares de Madrid se tiran los papeles y las cáscaras de las gambas al suelo. Uno dice tímidamente que eso ya no pasa, pero es recibido con un coro de europeas carcajadas.

¿Será esto cierto? ¿Será verdad que en Barcelona sigue en pie la idea de que Madrid es una ciudad atrasada y cerril, el «poblachón manchego» del dictum famoso? Lo curioso es que mis amigos barceloneses están también muy orgullosos del cutrerío y la suciedad de su barrio chino, y todos lamentan que el Raval ya no sea un lugar maloliente y lleno de tugurios como lo era antes. ¿De modo que la suciedad en Madrid es cutre, pero la suciedad en Barcelona es glamourosa? ¿En qué quedamos? Mi impresión de Barcelona, siempre que voy allí, es que se trata de una ciudad muy sucia y descuidada.

En un lugar tan lejano como Singapur, la amable gerente de un hotel me dijo no hace mucho que le gustaba más Barcelona que Madrid (había estado dos días en cada ciudad) porque Barcelona era una ciudad más «vibrante» mientras que Madrid era simplemente la capital administrativa. «Es como Ankara y Estambul, en Turquía», me explicó amablemente. Si esta idea peregrina ha logrado llegar hasta el extremo más oriental de Asia, es evidente que está bien extendida. La Generalitat catalana siempre ha sabido proyectarse bien al exterior.

¿Qué país? Woody Allen ha rodado una película en Barcelona pero jamás rodaría una en Madrid. Los catalanes han logrado convencer al mundo de que Barcelona es la verdadera «capital cultural» del país, una ciudad europea, dinámica, moderna y enormemente excitante. Y es cierto que Barcelona es una gran ciudad europea, dinámica, moderna y enormemente excitante, aunque no sea, ni pueda serlo ya, la «capital cultural» del país (¿de qué país?), ni sea en modo alguno una ciudad más «europea» que Madrid. Pero nadie proyecta ni vende Madrid al exterior. El encargado de hacerlo debería ser el Gobierno central, pero una campaña de promoción de las excelencias de Madrid sería algo muy mal visto. Nadie se atrevería a hacer tal cosa.

De todos. Almudena Grandes especulaba en un artículo que el PSOE había abandonado todo intento de ganar las elecciones municipales y autonómicas en Madrid porque no desea realmente gobernar en Madrid. No es que el PSOE sea incapaz de encontrar candidatos de más talla para luchar por el Ayuntamiento y la Autonomía de Madrid, dice la escritora, sino que desea perder para no parecer «centralista» y poder jugar así bien su papel de amigo de los nacionalistas. Madrid, para la izquierda, no mola.

Otro artículo reciente: Suso de Toro denuncia la aparición de un hipotético nacionalismo madrileño o «centralista» con ribetes xenófobos y reaccionarios, y afirma que Madrid debería ser «de todos». No podemos estar más de acuerdo: Madrid debería ser de todos, y es ciertamente de todos. Pero supongo que Suso de Toro también pensará que La Coruña (ciudad que nombro en el idioma en que escribo, del mismo modo que diría Londres y no London, o Moscú y no Macbá), o Bilbao, o Barcelona, han de ser «de todos». ¿No es así? ¿O no? ¿Cómo funciona la cosa?

Madrid es el único lugar de España donde no hay nacionalismo. En Madrid, a nadie le importa en qué ciudad han nacido las personas que le rodean a uno. Cuando se hacen proyectos artísticos (son los que conozco), nadie se preocupa si los que participarán en ellos son de Madrid o de otro sitio. Al contrario de lo que sucede en otras autonomías, los madrileños no tienen puntos extra en las oposiciones realizadas en Madrid. Madrid es, verdaderamente, de todos. Pero todo el país debería ser de todos.

Madrid es la ciudad más grande, más moderna, más rica culturalmente y más cosmopolita de España. Es lógico que sea así, puesto que es la capital. Es además una ciudad bellísima, amplia y limpia, majestuosa y poética, de avenidas arboladas y cielos siempre despejados. Pocos ven esta belleza de Madrid, y los que la ven no se atreven a hablar de ella. Muy pocos lo han hecho: Juan Benet en Otoño en Madrid hacia 1950, Juan Ramón Jiménez en La Colina de los Chopos?

miércoles, 24 de septiembre de 2008

vibraciones DEL vacío

El artículo de Rújula es iluminador no solo sobre el mundo desde la física, sino, desde luego, y tampoco haría falta remontarse a la Grecia presocrática, desde la filosofía. Desde mi punto de vista y desde este lugar, es decir, la herencia derridiana, no deja de ser fascinante esa remitencia a aquéllo que no es y no puede ser algo, y que sin embargo lo conforma: tan parecido el sentido a esa agitación del vacío (no en el vacío), a esa aglomeración que crea la materia tal y como podemos observarla (no se si tanto tal y como es), a esa fuga del significante, a esa HUELLLA absoluta o ceniza que, en el principio (y hay principio, aunque nada había antes, antes de espacio y tiempo, del SENTIDO, nada podía haber, ni siquiera nada (o polvo) enamorada), ya era pasado, ya había desencajado esa sucesión. Si la luz no es sino vibración de un campo, si la materia no es sino la vibración en o con el vacío, ¿qué es el sentido sino eso?. Bueno, leed el texto, que es fascinante, y no exento de humor. Sí, intentaremos que venga Álvaro de Rújula (nombre fantástico, sobre-esdrújulo) al Ie, porque todo esto no es sino, claro, arquitectura.
Jose Vela


El vacío y la nada

Saquemos los muebles de la habitación, apaguemos las luces y vayámonos. Sellemos el recinto, enfriemos las paredes al cero absoluto y extraigamos hasta la última molécula de aire, de modo que dentro no quede nada. ¿Nada? No, estrictamente hablando lo que hemos preparado es un volumen lleno de vacío. Y digo lleno con propiedad. Quizás el segundo más sorprendente descubrimiento de la física es que el vacío, aparentemente, no es la nada, sino una substancia. Aunque no como las otras...
El vacío y la nada
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Simulación de cómo el detector CMS del LHC vería una colisión protón-protón vista en el plano transversal a los haces de protons, extendida a las partes más externas del detector. Las trazas rojas son reconstrucciones de las trayectorias de los muones y las columnas de color rosa reflejan la energía de los electrones, medida por una sección específica del CMS.- CERN-CMS


A inicios del pasado siglo, Einstein creía que el Universo era estático. Preocupado por el hecho de que tendría que colapsarse -debido a la atracción gravitatoria de cada galaxia sobre las demás- se le ocurrió una peregrina idea: añadir a sus ecuaciones la Constante Cosmólogica. La interpretación moderna de esta extraña intrusa es que se trata de la densidad de energía del vacío, también llamada energía oscura, quizás para acercar ciencia y ficción, o quintaesencia, para darle un toque alquimista a la cosa. Todo lo que tiene energía ejerce una acción gravitatoria, pero la energía del vacío, a diferencia de cualquier otra, puede ser repelente. Lo que Einstein proponía es que dos volúmenes de vacío cósmico se repelerían exactamente tanto como se atraen las galaxias que contienen, resultando en un equilibrio difícil de creer e inestable.

Un buen día Einstein se enteró de que el universo estaba en expansión. Así lo demostraba la fuga de las galaxias, observada por Edwin Hubble y otros. O más bien por otros y Hubble: a menudo en la ciencia lo importante no es ser el primero, sino el último, que es quien se lleva la fama (como en otros campos; véanse Colón y los vikingos, o los indios que ya estaban allí). Inmediatamente, el tío Albert calificó su idea como el mayor patinazo de su vida.

Recientes observaciones cosmológicas indican que el universo está en expansión acelerada. Las galaxias no se comportan como flechas, sino como cohetes a los que algo empujara. La analogía no es buena, porque el concepto es difícil. Las galaxias no se fugan, están ya estabilizadas por su propia gravedad y tienen un tamaño fijo. Pero el espacio (o el vacío) entre ellas, se estira. Es como si alguien tomase la Tierra por un globo y la inflara: mañana estaría Barcelona aún más lejos de Huelva. Quién infla el universo sería la densidad de energía del vacío. El vacío sería pues una substancia activa, capaz de ejercer una repulsión gravitacional, incluso sobre sí mismo. No fue un error, sino un golazo de Einstein.

La Constante Cosmológica presenta un aspecto tranquilizante. Si domina la dinámica del universo ahora, lo hará en el futuro durante muchísimo más tiempo que los meros 14.000 millones de años transcurridos desde que este cosmos nuestro nació. Un bebé bien pertrechado, con sus propios espacio y tiempo y hasta su propio vacío, que -según la muy bien confirmada relatividad de Einstein- nacieron con él. La actual inflación del universo implica, perdóneseme el galicismo, que no se nos va a caer el cielo encima. Mala noticia para futuros cosmólogos. Las galaxias distantes estarán tan lejos que no podrán ni verlas. Tendrán que estudiar cosmología en libros de historia.

Si el vacío contiene algo de lo que no lo podemos vaciar (su densidad de energía), quizás ese algo pueda hacer algo más. Al menos eso supusieron, hace décadas ya, Peter Higgs y otros. U otros y Higgs, podría de nuevo argüirse; lo que no haré. La substancia del vacío, llamada en el variopinto lenguaje de los físicos un campo que lo permea, podría interaccionar con las partículas que allí estén. E interaccionar de modo distinto con cada tipo de partícula, generando así sus masas, que hacen que sean como son. Ése es el origen de las masas en el Modelo Estándar de las partículas elementales, que explica con éxito insoportable sus otras propiedades e interacciones no gravitatorias. Dije insoportable porque a los científicos nos soliviantan más las preguntas que las respuestas.

La substancia del vacío daría así contestación a dos muy candentes cuestiones de la física, una en el extremo de lo más grande -el cosmos- y otra en el de lo más diminuto, las partículas elementales que -por definición- son tan pequeñas que, si tienen partes, no lo sabemos.

He empleado algunos condicionales porque no todo lo que he escrito está ya probado observacionalmente de manera irrefutable. ¿Por dónde van hoy los tiros? Los cosmólogos tienen proyectadas muchas observaciones para averiguar si la expansión acelerada del universo se debe a la energía del vacío, tal como la intuyó Einstein, o a algo que sólo se le parece. Los particuleros están poniendo en marcha el Large Hadron Collider (LHC) del CERN para, entre otras razones, estudiar el vacío a lo bestia: sacudiéndolo.

Al sacudir una substancia cualquiera, vibra. Las vibraciones de campos eléctricos y magnéticos, por ejemplo, son la luz. A un nivel elemental, las vibraciones son cuantos, entes que pueden comportarse como ondas (u olas) o como partículas (o canicas): fotones, en el caso de la luz. Si el vacío es una substancia, la podemos también hacer vibrar. Basta sacudirla, como hará el LHC, con energía suficiente como para transformar la energía de sus colisiones en partículas de Higgs que, si existen, tienen una masa elevada... y E=mc2, alguien dijo.

La partícula de Higgs -el vacilón, podría decirse en castellano- es una vibración del vacío, no en el vacío, como las demás. Sería, pues, lo nunca visto. Aún así, Higgs preferiría que no bautizasen a su partícula goddamned particle [partícula maldita] o God particle [partícula divina], adjetivos poco científicos.

El vacío siempre fascinó a los físicos. Hace un siglo se trataba del éter, la interpretación del vacío como la trama del espacio absoluto, que la teoría de la relatividad envió al garete. El éter no estaba apoyado por ninguna teoría decente. Un siglo después, las nuevas teorías del vacío son lo más razonable y mejor comprobado que tenemos. Pero hay un pequeño gazapo en lo que he dicho. Creemos entender el Modelo Estándar suficientemente bien como para estimar cuánto el campo de Higgs debería de contribuir a la densidad de energía del vacío observada por los cosmólogos. El resultado es unos 54 (¡cincuenta y cuatro!) órdenes de magnitud superior a las observaciones. Tiene su mérito incurrir en tamaña contradicción.

Si investigamos es porque no sabemos la respuesta y la naturaleza, sí: las cosas son como son. El vacío es lo que mejor no entendemos. Ni siquiera comprendemos aún a fondo la diferencia -haberla hayla- entre el vacío y la nada.

Álvaro de Rújula es físico teórico del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN).

El País, 24/09/2008

sábado, 13 de septiembre de 2008

dibujo e imagen


Se adjunta el espléndido artículo de Félix de Azúa en El País del 13/09/08, es decir hoy. Si, ya se que este blog es un tanto tartamudo, y que como seguimiento diario de la realidad tiene poco futuro, y que incluso como reposado espacio de encuentro también, pero... bueno, puesto que esta mañana el texto de Azúa me llamó la atención, aquí va (es posible también que este un tanto hastiado de las continuas novedades que se suceden, en el fondo sin apenas interés, en caleidoscópico medio de la arquitectura pincipios de milenio).
Se trata de una reflexión sobre la imagen, sobre la técnica de la imagen, es decir, sobre la condición protésica que la mirada adquiere mediante la imagen: imagen que, como bien expone Azúa, no se funda en sino que funda la propia visión, es decir, la visión tal y como la conocemos. Desde que se hicieron los primeros trazos representativos sobre la pared de una roca, trazos que, como de nuevo hace hincapíe Azúa, fueron perfectos desde su incio (y es que es importante esta condición de la precisión de la representación), la forma en que el ser humano mira el mundo se transformó radicalmente: tanto que sin la imagen (sin la técnica) hubiera sido impensable la posibilidad de la transformación del entorno (del mundo), puesto que ese dibujo, esa representación, lo que nos muestra (y lo podemos llamar capacidad simbólica si queremos) es la posibilidad de la distancia, del salir fuera de una realidad, de la mirada, por tanto, crítica, discriminadora, entre lo que somos nosotros (el yo vendrá mucho despues, 31.500 años despues, pero nace ahí) y el resto, que ahora podemos llamar naturaleza, mundo, etc.
En fin, y la discusión con Derrida sería apasionante: es posible que no sea el texto en vez de la voz, sino la imagen en vez del texto lo que pone en marcha la técnica-pensamiento humano. ¿También la filosofía? Eso es lo que habría que discutir con Derrida. Pero desde luego lo sagrado, es decir, lo distinto, lo separado (ver Nancy) surge de esa primea representación.
Disfrutad del mundo de fantasmas que proponen estos caballos esteparios, del desencaje que la imagen opera en la continuidad "natural" de espacio-tiempo del animal (que no tiene mundo, recordemos Heidegger, aunque de nuevo hay que leer a Derrida y si animal que estoy si(gui)endo) y en la cual, arrojados, perdemos la condición de habitar en el edén.
José Vela Castillo

Inicuo paso primitivo


Son cuatro cabezas equinas fáciles de reconocer ya que todavía hoy se pasean por la estepa mongol unos pocos caballos de Prezewalski, que no son sino sus descendientes. Se trata de animales paticortos, cabezones, de vientre prominente, pero insensibles al hielo y de inagotable fortaleza. Sin embargo, lo que sorprende en estas cuatro cabezas no es tan sólo la exactitud del trazo, la seguridad y elegancia de la curva que define la quijada, la perfecta proporción de orejas y ollares, sino, por encima de todo, los ojos. La mancha ocular es apenas una leve almendra negra protegida por el hueso de la órbita, pero tiene la expresión tan viva como los ojazos forrados de pestañas y reflejos cristalinos de los caballos de Rubens. No obstante, no es la misma mirada. En Rubens, en Velázquez, el ojo del caballo montado por un rey o un condotiero, es un ojo abrumado por la gloria del jinete y se abre desmesuradamente, como espantado por la responsabilidad. Muy al contrario, en estos cuatro caballos los ojos tienen la mirada a medio párpado, tierna, dócil, turbadora, que hace del caballo una bestia inseparable del humano.

El segundo aspecto remarcable del dibujo es la crin, corta, de cerda gruesa, alineada en paralelo al robusto cuello, similar a las crestas de algunos soldados afroamericanos, un cepillo tan duro al tacto como la roca sobre la que están pintados en la cueva de Chauvet. El dibujo se encuentra en la llamada Galería del Megaloceros junto a esquemas que parecen corresponder a los antecesores del rinoceronte y el alce. En estas paredes de roca es posible que los aprendices probaran el uso del carbón de pino y ensayaran sus primeras representaciones bajo la dirección de un maestro. Lo asombroso es que estas imágenes, las primeras que conocemos atribuibles a humanos de hace 32.000 años, son ya perfectas. Las cuatro cabezas equinas de Chauvet no tienen nada que envidiar a la soberbia cuadriga helena que corona la basílica de los Dux venecianos y son muy superiores a los caballos de Meissonier o de Gericault.

Prueba concluyente de nuestra frivolidad es que sin saber apenas nada sobre tan inquietantes imágenes, las hemos aceptado con toda normalidad. ¿Normal, la aparición de las imágenes en la vida del universo? ¿Y su perfección súbita, como si hubieran estado esperando detrás de un velo? ¿Su inescrutable función en una sociedad con poca necesidad de adorno y en el límite de la supervivencia? Todas las hipótesis sobre el arte rupestre han ido fracasando una detrás de otra. No son imágenes "religiosas" porque no es posible separar un ámbito específico para lo religioso en aquellas hordas de cazadores nómadas. O bien todo era religioso o bien nada lo era. Posiblemente nuestros abuelos, como nosotros, ni eran religiosos ni creían en dioses, aunque temían a las fuerzas inaprensibles que podían causar daño y les ponían nombre, como hoy se lo damos al cáncer o al cambio climático. Tampoco podemos decir que formaran parte de un ritual venatorio, porque si bien hay representaciones de escenas de caza no por eso se las puede relacionar con ningún ritual, del mismo modo que una pintura ecuestre de Velázquez sólo tiene una remota relación con el protocolo de las monarquías absolutas.

Lo que es indudable es que en algún momento los humanos necesitaron (¿necesitamos?, ¿seguimos siendo humanos como ellos o hemos dejado ya atrás esa tan particularmente frágil condición?) y por lo tanto produjeron, imágenes. ¿Por qué, con qué finalidad? Ninguna hipótesis hasta ahora resiste el análisis. Sólo podemos aventurar que las imágenes nacieron (y nacieron perfectas) cuando los humanos sintieron la irresistible necesidad de ver hacia fuera, de manera que se convirtieron en "el punto de vista", el lugar orográfico desde donde "se ve". La aparición de las primeras imágenes inventa la visión (en absoluto lo contrario) como un instrumento ya propiamente técnico para ampliar nuestro cuerpo. La máquina de construir mundos posibles se había puesto en movimiento y gracias a ella el mundo obligatorio, aquel al que habíamos sido condenados (lo que más tarde llamarán El Edén) se convertía en un dominio controlado.

¿Qué sucedió hace 32.000 años para que una necesidad tan insensata se hiciera inevitable? Insisto: ¿qué necesidad era ésta que separaba con un hachazo inicuo (y para siempre) el ámbito que poco más tarde se llamará "Madre Tierra" o "Naturaleza" y los humanos capaces de representarla con imágenes desde fuera? ¿Y sucedió sin lucha? ¿Nadie se vio sacudido por el terror de lo que aquella separación ponía en marcha? ¿No hubo entonces humanos sensatos que se negaran a abandonar la tierra común? Nunca lo sabremos, pero podemos sospechar que la perfección de las imágenes rupestres esconden quizás cientos o miles de años de enfrentamiento e iconoclastia.

Representar caballos, bisontes, mamuts o cérvidos era rebajarlos de rango, reducirlos a unidades abstractas e intercambiables. Ya nunca más podríamos hablar de este caballo o aquel otro, entes tan perspicuos como tú y como yo. A partir de la primera imagen quedaba dominada la totalidad de los caballos y podía llegar Platón (29.500 años más tarde) para darles la definitiva patada que los elevaría al mundo de las Ideas, allí en donde se puede amar sin dolor.

Los humanos somos aquello que de nosotros dicen nuestras imágenes. La constelación de imágenes que determina nuestra inserción en el mundo es lo que marca inflexiblemente aquello que podemos ver y lo que para siempre será invisible. Tal es el rigor de la pérdida que habremos de concebir un empleo específico, con nombres diversos hasta llegar al de "artista", para que alguien atisbe (o fantasee) más allá de lo que es imposible ver. Entre el niño que pudo ver bisontes y caballos en los muros de su hogar y aquel que nunca los vio, hay una separación inicua.

Para quien nunca conoció imágenes, los caballos y bisontes reales eran esplendores que se cruzaban algún día en su camino, sea galopando o ya muertos y con las entrañas humeantes, arrimados por los cazadores al poblado. Estos caballos y bisontes individuales eran escasos en la vida de cualquier niño y tan cercanos a la muerte como los humanos mismos que les daban caza. Hubo de haber un respeto profundo entre los mortales cazadores y aquellos otros mortales cuya carne les alargaba la vida. Por el contrario, para el niño que ya creció viendo bisontes y caballos en los muros de su hogar, los ejemplares vivos o muertos que se cruzaron en su camino eran sólo copias (o casos) de los verdaderamente únicos y reales caballos y bisontes que presidían el hogar. Las imágenes eran lo permanente. Sus copias vivas en el mundo, tan sólo formas efímeras que como sombras se cruzaban un instante con la luz solar para desaparecer de inmediato.

Una vez traspasada esa frontera, una vez admitida la impiedad original (obsérvese que esa impiedad no tiene lugar en el choque de un torero con la bestia singular que le ha tocado en suerte, la cual siempre tendrá la misma individuación y nombre propio que su matador, a diferencia de la res de matadero), una vez dado el paso fatal de dominar el mundo mediante representaciones y signos, ¿no era lo obligado, o por lo menos lo esperable, proceder a la siguiente ambición de dominio mediante el invento de los dioses, los cuales aparecieron (y se ocultaron) en el acto mismo de ser representados en imagen? Quienes convivieron desde la infancia con imágenes de los dioses, ¿cómo iban a creer en ellos y reconocerlos si alguna vez se cruzaban con una figura asombrosa y espléndida?

Para los niños educados ya entre imágenes de dioses, el mundo sólo estaba poblado por humanos y fantasmas. Nosotros, que ya sólo tenemos imágenes, ¿con quién compartimos el mundo?


http://www.culture.gouv.fr/culture/arcnat/chauvet/es/index.html

lunes, 25 de agosto de 2008

transparencia



No se si fenomenal, o es traslucency o cómo denominarlo. Un poco de miedo, da. Al exterior espejo, al interior totalmente transparente, ya veis. No se si para que uno se sienta como en la naturaleza, o para contarnos que lo que llevamos dentro puede llegar a ser transparente... en fin, yo no se si sería capaz de hacer algo ahí dentro... aunque su morbo, lo tiene.
JV

lunes, 11 de agosto de 2008

Historias del presente inmediato : el fantasma del historicismo


Histories of the inmediate present es el título de un libro de Vidler recién publicado en Mit press (en la serie Writing architecture, y por tanto con el trbajo editorial de Cynthia Davidson, es decir Any y Log). El texto es interesante, como siempre en Vidler, con un iluminador prefacio de Peter Eisenman. Se trata a primera vista de un repaso a las figuras de cuatro historiadores/críticos de arquitectura, Kaufmann, Rowe, Banham y Tafuri, de lo que llamaríamos segunda generación (aunque uno de ellos, Kaufmann se escaparía por edad y época), cuya selección pasa en cierto modo por una apreciación personal que Vidler aclara.
La idea fundamental, o una de ellas (ver Eisenman) es hacer una cierta evaluación, desde el trabajo de estos cuatro críticos, de las relaciones entre historia y movimiento moderno, de la autonomía de la propia disciplina arquitectónica en relación a modelos, formas e ideologías, y de esta manera hacer una cierta revisión de un estado acual de cosas. Los análisis de cada uno de ellos son informados e incisivos, cubriendo bien en su brevedad los puntos perseguidos, y notándose, creo, las especiales afinidades del autor con ellos.
El libro no pasaría de interesante en esta reevaluación, haciendo grupo con el de Tournakiotis (aunque muy distinto), si no fuera por el último capítulo, titulado Postmodernidad o Posthistoria.
Mmm, y es que esto de la posthistoria... el caso es que acabo de releer Espectros de Marx (Derrida), y no deja de sonarme fukuyamiano. Vidler se remite al matemático frances Cournot, y luego a Hendrick de Man (tío de Paul de Man), para considerar un término que hablaría de una cierta sensación de fin, de telos cumplido también, aquí en arte y arquitectura, que abocaría a la alternativa de la parálisis o la revolución (un topos que ya pasó por Hegel, y que pasará por Kojeve). Para Cournot, cumplido un periodo de desarrollo, cualquier objeto humano (sea institución, pensamiento, arte, etc.) queda encerrado en un círculo de perfeccionamiento y variación, en un periodo entonces de posthistoria, pues nada radicalmente nuevo puede acontecerle. Círculo infernal, entonces, y muy vicioso. De Man tomará también esta idea para un cierto análisis (y estamos en el periodo de finales de los treinta) agitado, una cierta infinita vuelta de lo mismo (de raigambre nietzscheana, aparecerán también citados Vattimo y Gehlen), cuya ruptura parece necesaria a toda costa.
Vidler retomará estos aspectos para proponer un nueva crítica, necesariamente operativa a pesar de su respeto por las tesis tafurianas, y para alentar a un esfuerzo de reevaluación de toda la modernidad, definida esta en muy amplios términos, que habría de sacarnos del ensimismamiento postmoderno de esta cierta posthistoria. Sus recetas pueden parecer acertadas, su abrazo al concepto posthistórico, dado que no lo es para axfisiarlo, más dudoso. Eisenman apela a la crítica derridiana acerca de la deconstrucción de las barreras disiciplinares en su prefacio para encontrar una agenda oculta en Vidler, la de un nuevo pensamiento de la disciplina que sea capaz de superar la deconstrucción. No parece darse cuenta de que esta, la deconstrucción, opera siempre (¿quizas excepto en la ley?), al interior de toda operación de desbordamiento de fronteras, precisamente. Vidler, por otra parte, no toma en consideración que la deconstrucción, y ahí aparecen los espectros de Marx, hace de toda esta cuestión del fin de la historia poco más que el fin de una de las infinitas historias, que el fantasma siempre ya nos asedia (cosa que sí sabía Tafuri, ver su Sobre el renacimiento) y que en este asediar rompe esa continuidad de pasado como presente ya sido y de presente como futuro que nos alcanza, rompiendo por tanto, desde esa discontinuidad y no contemporaneidad del presente consigo mismo cualquier clausura de una historia para abrirse a un porvenir. Desde luego en el campo ideológico, pero también en el "disciplinar" de la arquitectura. Revisar a las vacas sagradas de lo moderno y espantar su prematura canonización es buena labor profiláctica, y lo es epecialmente aquélla de encontar en las rupturas antes que en las continuidades nuestros puntos de anclaje en la "historia" de la arquitectura, pues es esta no actualización sino deconstrucción la que nos permite reconocer su linaje, su padre, su filiación y su amor. Pero algo más falta. Parece como si Vidler no se atreviese a sacara las conclusiones que en algún momento acaricia. Sí, hay que cuestionar nuestras concepciones acerca de nuestra propia conciencia histórica y de lo histórico, pero creo que no solo tras Derrida, o tras otras lecturashay que tener presente que esa misma historia no deja de desajustar el lugar desde la que queremos reconsiderarla. Y este espacio, móvil, de apertura, si se quiere de acontecimiento, es el que hay que descubrir, no desde un desvelamiento heideggeriano, cierto, sino desde un trabajo contínuo no de re-lectura sino simplemente de lectura.
No obstante, lectura muy recomendada.
José Vela Castillo

miércoles, 30 de julio de 2008

5. Noticia o idea por la cual se hace comprensible algo que era enigmá-tico

Palabras clave : también clave de las palabras, como clave de una bó-veda y un arco y por tanto lugar y límite último de la resistencia de (la estructura de) un espacio a su colapso, de una técnica (techne) y un método (un camino) que implican el ajuste clavicular, movimiento y equilibrio necesario de tensiones, como palabras que al ser eliminadas dejan un hueco, o mejor abren un espacio nuevo, que antes no existía, que hemos de inmediatamente aprovechar antes de su cierre y clausura, en clave de humor e interruptor enclavado, palabras que desdicen un presunto estado de equilibrio en su borrado y desaparición, en su au-sencia clave de clave de bóveda o arco, nunca completas pero no por ello mutiladas : palabras clave que son palabras huella, que indican siempre hacia lo que no son ellas mostrando de esa manera su imposi-ble (pero necesaria) ausencia, que en su remitencia infinita apuntan a un origen sin origen, un origen o un lugar clave siempre ya habitado por un fantasma que vuelve, que vuelve en forma de palabra, revenant, de palabra clave y de clave de acceso, de combinación de letras y números que abren y dan acceso tanto como cierran, de secreto y de criptografía del monumento y de la esfinge, de muerto en duelo infinito, eterno, de archivo y técnicas de archivación, por tanto, y cerramos el círculo impo-sible, de origen (sin origen). Palabras grafiadas, gramma y graphé, dia-gramas por tanto como son diagramas aquellos que espacian un tiempo en un proyecto, máquinas abstractas de captura y producción que cie-rran el arco y lo hacen trabajar, ponerse a la obra, ponerse en y por obra, dar razón de su clave (¿y de sus tipos estructurales?). Palabras incisas en el cuerpo y en el método, en un cuerpo que es profundo y que sin embargo se nos muestra en su piel, en su superficie de diagra-ma, donde solo aparece lo que vemos, nada se oculta a la mirada que sin embargo es ciega en el punto de su trazarse, discurso de un método sin embargo pleno de errores, método que se crea cada vez en cada nueva puesta en funcionamiento, camino y cuerpo que mide y que se mide, en su devanarse y su recogerse, transmisión de mensajes secre-tos y privados a la vez que abiertos y públicos, cadáver exquisito que (a)parece por el azar, cuerpo, finalmente, del delito, del delito sin culpa-ble, del delito inasumible e inabordable, del delito que desborda una ley siempre ilegal, cuya instauración obliga a una violencia fuera de dere-cho, sobre el poder biológico, la biopolítica y los cuerpos, cuerpo presen-te, de cuerpo presente y por ello (necesariamente) ausente, no más y sin embargo paso del cuerpo a través de la incisión en la superficie de la piel de los cuerpos que se tocan, y todo son cuerpos que se pesan y se piensan, en sus incisiones enigmáticas de códigos sin clave que los libe-re. Palabras clave, clave que nos proporciona un tono, de sol o de fa, agudo o grave, De un tono apocalíptico adoptado recientemente en “ar-quitectura”, en las artes, en la filosofía, de un tono que es revelador, de su propio tono pero también de las palabras que lo componen, clave o clavecín o clavicémbalo, bien temperado, bien afinado, en su tono por tanto, diapasón exacto, temperamento igual o no, resonancia perfecta de los armónicos, música de las esferas que no es sino la relación pri-mordial de tiempo y espacio en el sonido, construcción arquitectónica por tanto de las relaciones y su hacerse visibles, clave que explica, dobla y desdobla un sentido infinito, si lo hay.
Palabras clave, clave de la palabra, enclave y cifra del arte, medida de su éxito, novela de clave, personaje escondido bajo seudóni-mo apenas velado, comprensión de la narración una vez conocida la cla-ve, y por ello mismo desconocida, ajena a un significado superficial que se inscribe en esa misma piel, profunda en su tacto y contacto, ser para la muerte o clave en la que, cerrado el sentido, la dirección, el sujeto ya no está, ni siquiera se su-jeta, su cara ya convertida en máscara mor-tuoria, congelada en un pasado por siempre ya sido, desprendida de su poseedor. Palabras proyectadas que se sostienen en su proyecto, sub-jectil que anida en su decirse y en su escribirse e inscribirse, privilegio, lo hemos dicho, del trazo sobre la voz, ceguera sin embargo del trazo y la incisión, cuerpo opaco que imita un modelo invisible, contacto de la punta del estilo o de la pluma con la cera o el papel, lugar de aparición y tiempo de aparición del arte, del artefacto, del arte-facto: arquitectura. Palabras palimpsesto, que se trazan y se retrazan y se borran, y en su borrado muestran otros trazos cuyo sentido surge en su unión, en su re-unión en secuencia de tiras de palabras, de juego de letras y anagrama, de secuencia espaciada, de interrupciones y silencios en un pentagra-ma, de nuevo trazo sobre trazo, anotación y notación de las palabras en sus alturas y en sus duraciones y en el ritmo de su compás. Estilo y compás del trazarse de la arquitectura, instrumentos de geo-metría, también de agri-mensura, compás y plomada del arquitecto, medición del espacio y el tiempo en el diagrama del proyecto, del campo, del cul-tivo y la cultura, proyección de las palabras enclavadas en un lugar abierto a una espera, círculo económico de reapropiación de las pala-bras en letanía constante, que se elevan hacia la clave de una bóveda gótica, técnicas de producción, las palabras, práctica de su uso, imita-ción e invención imposible, uso de las palabras que siempre precede a su producción, uso y husillo del tejerse, del tapiz y del tejido, de la trama y de la urdimbre de las palabras y de los gestos, de los objetos y de los cuerpos, clave y enclavamiento, encajamiento y cerradura de las pala-bras unas en otras, llavín o llavecita, enclavadura (muesca o hueco por donde se unen dos maderos o tablas) de un arte en otro arte, del espa-cio en el tiempo y de la limitación de ambos, disyunción y out of joint, junta que se abre, se desgaja y concede, tiempo que vuelve una y otra vez desde un pasado no necesariamente sido, fantasma que circunda desde el interior, que circunnavega un mar donde los faros no iluminan sino en destellos de luz negra. Sí, palabras clave, cuyo sonido cae como el de los clavos al cerrar el ataúd, el pequeño ataúd infinitamente repe-tido cuya resonancia en un cuerpo y en un secreto no es sino la posibili-dad imposible de decir el acontecimiento. Pues, si la arquitectura (aka el arte) no dicen lo imposible, no dejan lugar a que ocurra el acontecimien-to, ¿qué son entonces? Si el proyecto, lanzado a un futuro en un pre-sente no muestra lo absolutamente imprevisible desde su prevención, desde su incisión y trazo de dibujo en un plano, desde su tener cuidado y abrirse al porvenir, desde su ofrecer una clave como quien ofrenda, y resolver en su imposibilidad de don el sentido de su criptografía (enig-mática y transparente: ojos que no ven...) entonces, ¿qué nos queda? ¿Cenizas? Sí, cenizas pero sin fuego. Las casas, que diría Siza, están continuamente ardiendo, pero las cenizas ya estaban antes que las ca-sas, las huellas de un uso y de una poesía, de una copia sin original po-sible, de una técnica que no es sino la prótesis del habitar, de un méto-do que se plasma en un diagrama, de un proyecto de arquitectura cuyo estilo, lugar y tiempo se muestran en la invención de un cuerpo. ¿Sin órganos?
Palabras clave, clave de la palabra, enclave y lugar, enclave del dar lugar y del ofrecer sin restitución posible, y por tanto, don de la palabra, donación en y por la palabra que se ofrece y se acoge, palabra de acogida, ofrenda finalmente imposible del don, trazo que es dibujo y palabra y clave que la oculta y la descifra, clave, del latín clavis, llave.
JOSE VELA CASTILLO

domingo, 27 de julio de 2008

The Death(s) : O(n)(f) (the) Pavilion

We started the way promised, now, with these notes, notes reading Derrida and Barthes in parallel on photography, and both, of course, in parallel with Mies and the Barcelona Pavilion. Several parallel, which, moreover, and precisely because so, they do not other thing but crossing one another.

The question of photography here is paramount for several reasons, not the least because the fact that, as will be discussed throughout this text, the images called canonical, and the word is accurate, because in a certain canon, a measure of order and perfection they have become—not otherwise have been reconstructed the building than bearing the bulk of the information from these images and above all, trying to imitate them in its final appearance, which makes the images something like the platonic forms than a contemporary demiurge have nothing but translate from its maximum pure ideal to the inevitably confusing world of preolimpic Barcelona. The photographs, we say, that appear and reappear in the different ways of the original building are just some very special photographs: those taken by the German based Berliner Bild Bericht during the exhibition, the only memories (or almost) for over fifty years of what happened in 1929. There are not, we have to sat, these beautiful photographs the only ones remaining, but they are surely the privileged: finished the period of the exhibition itself, during which appeared in several newspapers and cultural magazines some different pictures—in general snapshots of daily events: nowadays are very famous the photographs showing the inauguration of the Pavilion with the presence of King Alfonso XIII and Mies with a hat, resting hastily in his impeccable tuxedo—, in strictly architectural publications, and until the end of the seventies, that were practically the only ones that any one could see.

Among them, a photograph in particular, a very particular photograph indeed, gives us an even more acute puncture—or sting—and request us a special gaze—and a blindness—at the beginning of this text: one that shows, with the famous plane of onyx in escorzo in the middle of it, in an overabundance of reflexes, a ghostly text that we do not know where it came from, or why or how, but where it could be read, with a not so big effort, and despite specular inversion, a much banal sentence: gustaciones gratuitas.


* * *

Indeed, as is known, Mies van der Rohe monitored carefully what images were published of the work since its completion, in more than a deliberate attempt to build also a specific image of himself, not allowing in its various publications and monographs in life rather than the reproduction some, not all —for example, never was published that one showing the so-called light shaft illuminated at night: Mies always disliked the constructive solution of this element, as the lighting system used, incandescent light bulbs, cast so many shadows that ruined the effect—of this canonical photographs.

In fact, many of them were retouched (cut, painted, treated: forced), if not directly by the architect, surely under his supervision, as is evidenced in the photographs preserved from his office in the Mies van der Rohe's legacy at the MoMA Archives. To which we must add that, surely destroyed in the war the negatives of these images, the only thing that remains are the master copies, although of course, top quality, then, reaching eventually the rank of originals (we’ll return on this). So, there would be not the reception, but the work itself, been different if we inherited a different set of photographs than that, without being that images able to convey the sense of technical precision, melancholy and outside of time as they do, without tempting us with, at the same time its timelessness (in terms of cutting in/through time, of spacing) and its absolute temporality (in terms of presence of event).


In a broader reflection, in all contemporary architecture photography as a tool of reception has played a key role. Since the spread of lithography and procedures, in the early twentieth century, allowing a reproduction of the image with sufficient quality and at sufficient low cost, effective dissemination of architecture through the image suffered a dramatic change. A transformation in how we see the architecture that extends, of course, until now, not yet replaced by the virtual image—it will not take longer—: photography has become the architecture. Not only does not exist the architecture that is not showed in photography, but it is also, largely, that the perception in itself has become an exercise purely visual, so that not only would not be necessary to see the architecture in place (to see: stroll, hear, smell, taste the architecture), but rather, it would be harmful, since the apolline image (and here there is no reference to Nietzschean thinking) forged in the pages of the magazines, for bad (or good) does not match the 'real': they could never do, which inevitably entail its destruction. This is a phenomenon not strictly architectural, of course, that has to do with the enhancement of the value of the image in the culture of the last century up to unbearable limits (discussed at length since Benjamin and Heidegger until postmodern reflections of Lyotard or Baudrillard, we will not enter here in this issue), but in architecture reaches a unique status. And that has made us forget, of course, how we should deal with photography, or what tells us, what it says beyond its supplementary condition, of simulation that has become real. Indeed, a simulacrum that is more real than the real, if there is the 'real'.


Let us then (and that’s the reason of this is the long exordium) try to see photography and architecture differently, i.e. try to overcome the immediate identification that has occurred between architecture and photography of architecture, because it is the only way we can then deal with Barcelona Pavilion avoiding the trap that Mies had tended to us, bypassing, as has been said, the perverse conversion of the image in the totality, but, and this is, of course, the paradox, the udecidable aporia, being unable to rid the assurance that, now rebuilt the building, the more direct access to the secret (to its crypt) that hides the Barcelona architecture, however, is given precisely by these original photographs but also by the knowledge of this fact: while these photographs are the only image we have of a building that no longer exists even existing, it is precisely the deferring of time that any photograph introduces what renders us the perfect picture (or perhaps de-formed) of architecture. And it is this, this intromission of time in the reduced space of photographic paper, to which lead us this reflection, that, as we said, passes trough the text (on photography) of Roland Barthes and the reading that makes of some of his texts Derrida. We’ll see that.


JOSE VELA CASTILLO