domingo, 12 de octubre de 2008

Imagen : 1


Si al menos supiéramos qué es una imagen, de qué es imagen una imagen, si pudiéramos al menos establecer una filiación de la representación que nos llevase con seguridad a aquello de lo que la representación no es sino vuelta a la presencia, si nuestros castos ojos pudieran levantar la mirada, y sostenerla, sobre aquello que, por su naturaleza, solo puede producirnos horror, el horror que somos nosotros mismos devueltos en la imagen de un espejo, quizás no quedaríamos paralizados por lo absolutamente distinto de la imagen, por el horror que emana de su separación abismal, también por su incómoda familiaridad, y seríamos capaces de destejer la maraña de imágenes que hoy nos puebla con sus fantasmas.

La imagen, siempre la imagen, siempre virtual la imagen, la imagen siempre imagen de una imagen, copia de copia, de lo que vemos imaginamos intuimos, la imagen que se desteje en el laberinto de lo digital en ceros y unos y en formulaciones matemáticas que, sin embargo, no son sino imágenes de nuevo reconstruidas en una síntesis de lo que en ningún sitio podemos en verdad ver... pero que está en todos los sitios. La imagen separada (y dividida, pixelizada) y por tanto sacralizada, desasida, la imagen virtualizada, la imagen en descomposición, cuyo hedor nos repugna tanto como nos atrae. Imagen profanada, es decir, sustraída al uso de los dioses e inyectada en la esfera de lo humano, que parece sin embargo sentir una nostalgia insalvable de su condición reveladora, epifánica. Imagen que no podemos tocar, que es solo eso, imagen, pero que necesariamente en el proyecto de arquitectura trata convertirse, paso inverso, en objeto de tacto y escucha.
José Vela Castillo

No hay comentarios: